miércoles, 2 de enero de 2013

Loulú.


Tengo a la mujer más hermosa, pero quiero otra.
Dos, es mejor.
Me he ocupado demasiado de ti. Tu último beso se me pudre en las mejillas.
La consciencia bufa. El orgullo me camina sobre la piel con sus miles de patitas de insectos que trepan hasta mi cabeza. ¡La quiero a ella! A la mujer de Antor.
-Meyer.


Loulú es bella y popular, es fina como las pisadas de los gatitos. Loulú dice que es un gatito. La observo desde las dimensiones de la estratosfera de billones y billones de pixeles que revelan poco a poco su identidad.  No sabe matemáticas y me parece hasta sincera cuando sus boberías son aplaudidas por las miles de hordas que son para ella sus cuantos fans.
El cielo escurre a chorros en una posición de refresco embotellado, agitado por una nena que no tuvo precaución. Es Loulú, la mujer de Antor.
¡Ah el amor! Es una soberana pendejada para un par de perros tontos y feos. El amor como tabla de multiplicar. El desarrollo de todos los instintos solo para comprar una lavadora que se haga la mejor amiga de ella. Un auto, un hijo. Una carrera universitaria y un teléfono que en la marca traiga el status.
El mundo es un minino precioso, proyectemos mejor nuestra imagen. Con “pulcritud”. Como Loulú siempre dice. Le encanta esa palabra.
“El mundo es una hermosa hembra gatuna recostada en una ideal mesita al fondo de una estancia cómoda donde el polvo y la añoranza es el adorno justo y perfecto para nuestra visión. Junto a esa mesita hay un gran florero con rosas impecablemente cuidadas. Al lado de la gatita una azucarera lustrosamente  blanca que en sí  no contiene azúcar, porque Antor sabe qué hace mucho daño tanto dulce, y no quiere matar a su gatita. Jamás. Más al fondo casi fuera de foco de nuestra abnegada cámara se puede observar una ventanilla que da hacía el bosque, y mirando hacía dentro de la casa, el nuevo hombre aferrado a la imagen de Loulú, que da pena sea tan perfecta su fascinación”.
Aquel hombre se llama Meyer.
Después de haber observado esta soberbia placa multicolor, no nos asombremos si nuestros ojos se quedan acartonados como los de un muerto y nuestras ideas se diluyen. Al final de cuentas el mundo es un producto en un envase no retornable.

1 comentario:

  1. Me encantó. La idea hace volar a la mente, y la redacción, esta vez, fue simplemente perfecta. Me encanta leerte así.


    Saludos Enfermos.

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