miércoles, 2 de enero de 2013

Parte II. Tres días extraños.



Merak.
Su cabeza entre sus piernas. Desnudo. Los ojos pintados de rojo, el olor a pies se le subía a la cabeza, su ano percibía el aire que se colaba por la ventana, humos inundaban su nariz. Lo único que lo despierta cuando la sal ya no le lastima las entrañas es un demonio que le sale por el ano.
Merak que temes a las agujas y a los alfileres y a las patas de araña. Alessandra guarda tus secretos. Los guardará porque la amenazaste cuando era una niña. Jamás la dejarías caer, pero ella nunca lo sabrá.
Merak mira algunos billetes sobre mi cama y su rostro toma un temple de extrañeza. La cama pulcra, bien tendida.
Tiene mi foto en su memoria de unos lastimeros mega bytes. Me llama “Alessandra”.
“Es hora de comer estrellas cielo mío”.
Traigo la mayonesa y el amor ya está puesto en la mesa. Merak está desnudo y nunca nos han simpatizado las escrupulosidades.  Me pide pimienta y yo al abrir la alacena me encuentro con el pan de caja. El cielo que vestía de blanco se ha nublado. El plomizo telón cae bajo la furia de Merak que descubrió mis sentimientos.
He ensuciado tanto mi alma que mi vestido precioso amarillo se ha tornado negro.
Merak me pregunta ¿tienes ojos para todas tus rosas rojas regaladas?
Es la hora de expirar. En todas las vidas nos gusta la lluvia, pero en este día, en esta vida, no merecemos  comprendernos.
-Puedes tocarme.
-Jamás toqué tu endeble corazón por mantenerte intacta. Y el asqueroso sol se ha reflejado en tus ojos. Huye como el perro de Dios ante una virgen. Escucho pasos en nuestro jardín, sea conveniente que sobre el pise él de la lengua de pan blanco que tanto alimenta tu alma y te aleja de mí.

Alessandra y Meyer.
Meyer huele tan bien siempre. Le gusta la naricita de Alessandra. Se recuesta en sus piernas cuando la droga con café y chocolates.
Meyer vive en una casa detrás de las colinas de colores urbanos. Es una casa extraña con estandartes en las paredes  y lábaros retratos cerca del sillón donde besa a Alessandra.


El primer día.

Surge de un ímpetu natural, Alessandra y Meyer se besan como amantes proclamados por el cielo. A Meyer le tiemblan las piernas, Alessandra le acaricia el rostro.


El segundo día.

“Por ti y por mí”. Que se consuma el amor.

Insidia.

Aprendiste a ser fuerte. Pero no tanto como yo.
Te mire a los ojos. Te hice una pregunta. Tú solo mentiste.
Mentías. Tu jeta te delataba.
El frio te comía los dientes.
Tus uñas infectadas de perfidia y con ellas me acaricias.
En síntesis, la canción dice que no dejemos de amarnos. Está en el sountrack de tu vida pero la lluvia otra vez ha abolido la melodía y los estruendos apagaron hasta las luces neón que ataviaban  el pulcro escenario donde me enamorabas.
-“Te pondré la vida”
- Meyer.
-Loulú.
Tu lengua es una rebanada de pan suave de caja.

El tal “Dios” aventó a un anciano al carril del metrobús. Y me abrazaste mucho tiempo porque esperamos muchos tiempos juntos. Tiempos para besarnos, tiempos para seducirnos, tiempos para entregarnos a la vileza del amor.
El mundo últimamente es un ladrón de almas cibernéticas. Me gritaste  en mis sueños ¡apresúrate, te rodearé con mis tenazas de sufrimiento, hasta que deje inertes tus sensaciones de placer!  Y te besaba con  cariño imperturbable en mi sexy dream. Después vi tus ojos inertes cual gigantes agazapados en una mierda de orgullo. Pero no hice caso.
Te  amo. ¿Qué debo hacer? Me amo más en ti.
No me veas con mis ojos pintados de azul. Déjame maquillarme de otra forma y hagamos como si nunca nos hubiéramos conocido.  Romance of dirty? El ombligo me duele y me recuerda lo hermosa que no soy, cuan mentiroso eres y la sal de tu baba que cuece mis entrañas cada que me mimas.
Estoy ahí sentada contigo con tu ardid que me cubre el frío, viajando por el nocturno contentamiento de nuestro hermoso emporio que tanto cortejo con palabras pulcras  que solo me muestran mi miedo por tu partida.
Los insectos que me diste a comer a la luz, cruel,  de las velas acortan la sensación de tener que abandonarte, de perderte.
Caminamos por las calles, 3 días abrazados.


El tercer día.


Continuar y transgredir.

-Sí, lo sé
-Y eres muy valiente al hacerlo.
-Los cobardes no aman ni serán respetados jamás.
No tienen nación.
-Los amo. ¿Qué debo hacer? Me amo mucho más en ellos.
La risa de los idiotas llena el cuarto de conmoción, donde se sirven vino dorado, que nos recuerda al sol conquistado en los atardeceres del otoño.
Me dirigí a una ventana, sé que soy mala sombra y todos ellos están enojados conmigo.
Un día me escaparé por esa ventana, pero mientras esperaré al amanecer para contemplar ante mí los millones de falos solares que iluminarán mis millones de pensamientos.
Merak me trae un vaso de agua y seguimos conversando.
-Tú encierro es sensual. Te aprovechas de tu debilidad pero te tengo rencor y mi rencor es un signo de mi debilidad.
-Algún día me escabulliré.
-La salida de emergencias está en una prescripción médica, pero no cabemos tú y yo por ella, sino al contrario, nos da la certeza cruel de estar atrapados en el mundo que existe detrás del papel.
-El amor todo lo pudre.
-Salte del lado viscoso y asqueroso de tus pensamientos.
-No quiero ni el cielo ni el infierno. Quiero mi antiguo corazón, hinchado y obscurecido. Solo quiero eso.
-Loulú, make me love.
-Por favor Merak, oríllame a la inutilidad mental, no me dejes en este estado.




Epilogo:

¿Quién aventó puñados de sal a mi herida?

Siento en el abdomen una reunión de demonios en mis días contados. 
Estoy sentada en el metrobús sola, es casi media noche y añoro mi hogar.
Dios se subió en la penúltima estación y sacó su pistolita de agua bendita y me apuntó al vientre. El ombligo me duele cada día más, Dios ríe y me da un beso en la mejilla, me limpio su baba viscosa y se salen mis lágrimas.  Me pide perdón y me regala una caja con paletas chupa chups que saben a chocolate y cereza.  Cuando ve que estoy saboreando una toma mi cabeza por la cabellera y jala hacía atrás, mete su pistolita en mi boca y dispara.
Yo me escurro, no puedo respirar, veo unas uñas clavadas en mis muslos, el dolor ha atravesado mis retinas. Dios se caga de risa y me grita ¡chupa mi verga! Tomo aire y lo miro. Dios se caga ahora de furia. Se enoja, sabe que le chuparía la verga mil veces mientras me meto los dedos en el coño.
Las luces blancas pegaban en mi cara de mil orgasmos olvidados por no poder nunca ocultarlos. Seré malvada por no entender las matemáticas que huelen a azufre, seré malvada por quien aventó puñados de sal en mi herida de recién nacida.
No aguanto y fumo. La ciudad no me da miedo, nadie camina como yo, soy una soberana altanera que viaja con una víbora luminosa como castigo por pecar.
Estoy dispuesta a renunciar a los recuerdos.
Estoy dispuesta a admitir que no tengo voluntad.
Me conferiré al vuelo nocturno y condenarme a depender de tu desprecio… Eres todo lo que odio. ¿Cómo evitaré pudrirme sin haber muerto?
Me siento inútil ¿a quién le escribo? ¿Por qué te escribo?
Algo me duele y no lo perdonaré.
Solo no me mires con tus ojos ambiguos que no tolero la actitud pusilánime de los amantes.
Daniello el cocodrilo me dice con su voz suave que pasará. Y no me gusta lo que me dice. Sobre su cabeza repta su consciencia y me pide que la sacuda porque sus patas son muy cortas.
“No olvidaré tu nombre, malvado en colores verdes y amarillos, toda tu pus se escapó. Él, Meyer, supondrá que me has infectado pero lloré por haber llorado y no eres mi amigo, eres la melancolía”.
Mis ojos son unos hijos de puta que no se pueden controlar y me delatan. Y le doy una laguna  de lágrimas a Daniello para que se sienta feliz.











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