viernes, 4 de julio de 2014

FIN

Había una vez, la realidad apabullante y cruda.
Antor, que en realidad se llama Juan y Loulu que es Dolores, y todos la llaman Lola. Federico no  se llama Merak.
Los tres trabajan sobre avenida Juárez en la Ciudad de México.  Dolores en una librería muy prestigiada. Juan, es cajero de un banco y Federico trabaja en un puesto de periódicos.  Jamás se han conocido pero se han visto en más de dos ocasiones.
Juan, que antes era Antor, un día fue a buscar un libro al trabajo de Dolores.  Durante 30 segundos le dirigió la palabra. Ella le dio la espalda, él le vio las nalgas y durante un recorrido laberintico que hoy en día ni él ni ella podrían recordar, le proporcionó lo que necesitaba.
Ella, Dolores a la que hemos llamado Loulu, un día fue al banco a pagar el recibo de  la luz y vio los ojos de Juan y deseó que si él tuviera un nombre sería “Antor”.  Ninguno recordó que se habían visto antes.
Dolores otro día, compró el periódico y quien le cobró  tenía un flequillo sobre la frente y pensó que si tuviera un nombre, seguro sería Merak, pero en realidad se llamaba Federico, quien le vendió el periódico;  también la miró y  leyó su nombre en su gafete, escrito en manuscrita, le pareció que decía  “Loulú”, pero en realidad decía “Lola” . Ella se dio media vuelta y con el aire de la avenida, su falda voló hacía un lado y él, le miró las piernas.
Federico, un día  fue al banco  y miró a Juan con su pelo engominado y su nudo  de corbata y solo atinó a decirle siete números para el depósito en una cuenta bancaria. A Federico le llamó la atención y pensó que algún día tendría un amigo. Juan miró al tipo extraño, y vaya que veía a muchos tipos extraños durante todo el día, todos los días, pero aquel tenía un flequillo.
Un día de lluvia, en septiembre, Juan otrora llamado Antor justo a las seis de la tarde salió corriendo sin paraguas y solo alcanzó la siguiente esquina bajo el techo de aquel protomoderno puesto de periódicos. Loulu, que en realidad es nuestra Dolores, en ese mismo día de lluvia salió corriendo también sin paraguas, a la misma hora  y se ocultó bajo ese nuevo puesto de periódicos, y Merak que ahora sabemos que se llama Federico,  estaba en su lugar de trabajo del nuevo mobiliario de la Ciudad de México y en ese momento no necesitaba un paraguas, con los audífonos puestos, escuchando una canción y fumando un cigarro, miró a Dolores y a Juan que se guarecían y pensó que eran hermosos, también pensó que jamás podría decir algo así porque ni siquiera los conocía. Dolores corrió hacia el metro o por lo menos eso pensó Federico. Juan recibió una llamada y justo en ese momento volvió la mirada hacía las nalgas de Loulu… Antor, contestó la llamada.
“…-Juan, ¿a qué hora llegarás?”
Contestó que en una hora mientras decidió comprar un nuevo cigarro.  Merak le dijo “tres, cincuenta”.  Federico le dio uno cincuenta de cambio…


Yo, tenía un paraguas, miré a tres extraños bajo un puesto de periódicos.






sábado, 9 de noviembre de 2013

V

La lluvia comenzó. Era septiembre y la lluvia hacía de las suyas. El frío de octubre se adelantó y ahora era frío de septiembre, acompañado de lluvia, no fuerte pero nutrida.
Merak ha viajado proclamando la paz.  De  repente, está desnudo en el tobogán y se raspa un poco la espalda  al ver la luz rapaz que viene del lado derecho, pero llega a un lugar donde se corta el tobogán. Hay un letrero que dice “fuera de servicio”. Las piedras sobresalen filosas, Merak piensa que es un truco de Loulú y se avienta pecho tierra para que no sea alcanzado. Se sangra todo, la carne se le hace girones y muere pero de repente se regenera y obtiene un cuerpo nuevo, y sin manchas. Besa a Loulú, la penetra y la hace ella nuevamente.
Dios dice que han descubierto el secreto.
En la puerta del invierno ve a los gemelos buenos y en la del paraíso a los gemelos malos.
Alejandro con Alessandra, y Merak con Loulú.
Dios va a otro asunto…
Se le escapa otro.
Al escapar se encuentra con una mujer llorona que le da un teléfono celular y le pide llamar a Dios.
Está en el siglo XX.  No hay celulares pero tiene uno en la mano.  Besa el número de Dios, intenta recordarlo, lo apunta en su mano, pero la tinta hace un asco de fluidos.
El número se ha borrado.
Saliendo de la cafetería encuentran un panfleto que alguien escribió sobre que Dios, no es Dios.  Al final del panfleto ve el número de Dios, está en inglés al revés.  Cuando tratan de descifrarlo todo lo escrito en el papel, desaparece.
El corazón de aquel se infla y suena el celular. Contesta y es Dios.
-Antor, tu nombre… eres Antor.  El cielo te promete que jamás se volverán a burlar de ti y sabes que esto es una mentira.
De pronto, se vuelve el cielo y el infierno contra él, Dios rodea a Antor y se vuelve un tobogán.
Antor se inflama de ira y en su mirada solo está Merak, que no sabe lo que es, que no sabe quién es y lo empieza a perseguir.
Dios grita “no lo harás”. Contempla nuevamente el pavor de Merak, en espirales por toda la eternidad. Pulsa “stop”, y se detiene la lluvia. Antor despierta en su confortable puf y frente a él, Loulú.
Dios abraza a Loulú mientras duerme, Antor que lo ve todo contempla silencioso. 


















viernes, 15 de febrero de 2013

Epílogo.



Loulú:

Al destino, querrás, podrás obligarlo, pero no vendrá. Podrás probarlo pero no se formará. Podrás aplastarlo pero siempre estará ahí. Puedes aniquilarlo pero siempre estará cerca de ti, siguiéndote a casa. Diciéndote que todo está destrozado. Al destino puedes gritarle pero la herida tal vez no cierre. Al destino puedes exprimirlo pero no se consumirá nunca. Puedes llevarlo a casa, puedes besarlo, pero tal vez te destruya y entonces volverás la cara hacía la ventana preguntándote ¿por qué no puedes olvidar? ¿A dónde vamos desde aquí?

Sé que mis palabras parecerán extrañas.
Sé que mi sangre se espesa.
Sé que me he asustado porque no había nada debajo. Sé que no tengo ningún amigo de verdad. Sé que hace tanto tiempo que no te escribo… Sé que he perdido las costumbres. Sé que te he conocido y sé que tengo la letra más fea. Sé que cada día mis pulmones son menos ellos. Que tengo arrugas en la palma de mi mano izquierda donde mi anillo de plata me carcome la piel recordándome mi unión contigo y sé que no estoy bien, sé que estoy triste, los años entristecen a gente como yo. Sé que no debes preocuparte. Sé que no soy lo que anhelabas.

Sé que te amo, Loulú.

Sé que eres inquieta, pero ya no te muevas.

Está lloviendo pero no tardaré en andar, en mis ojos se clava el aire que se cuela por la ventana. El aire espera algo de mí. El cielo reclama su pago. La tierra su abono de sangre y el agua mis ojos. Y tú me reclamas la gloria. Y yo, lo único que escucho es el golpe de tus lagrimas derramadas en la obscuridad.
No perseguiré a los perdidos.
Sería inútil almacenar fichas de investigación por ellos.

Creeré en la fatalidad del destino que se ha abandonado, que se esconde entre los árboles con ojos obscuros que quizá te aman pero jamás tendrán el valor de volverte a enfrentar...

Creeré en ti. En tus ojos que son esos árboles en la obscuridad. En tus pupilas de monolitos, de siglos de adoración a mi. Creeré en tu sonrisa que ilumina hasta el lugar más obscuro, envidia de los Dioses, tentación de demonios.

Tal vez huyas, saldrás del sendero de los viajeros para encontrarte con las telarañas del dolor, eres curiosa y es tu naturaleza, y la pus de la voluptuosidad te hará recordar y voltear atrás. Corre lo más rápido que puedas, cuando sientas que esos ojos fatales te buscan, corre Loulú, que el dolor no perdona. Una vez más que te tenga entre sus indestructibles labios no te dejará, te absorberá hasta el color de las uñas. No respires cuando yo  esté ausente, te escuchará, y  puede ser que tu otro espíritu se apodere de los latidos de tu corazón, lo cual en este bosque de brujas, sería terrible porque la destrucción viaja en una nube tapando el sol, y  aún, Yo con todo mi amor, no te podré ver.

Antor.
Invierno 2013.

miércoles, 2 de enero de 2013

Loulú.


Tengo a la mujer más hermosa, pero quiero otra.
Dos, es mejor.
Me he ocupado demasiado de ti. Tu último beso se me pudre en las mejillas.
La consciencia bufa. El orgullo me camina sobre la piel con sus miles de patitas de insectos que trepan hasta mi cabeza. ¡La quiero a ella! A la mujer de Antor.
-Meyer.


Loulú es bella y popular, es fina como las pisadas de los gatitos. Loulú dice que es un gatito. La observo desde las dimensiones de la estratosfera de billones y billones de pixeles que revelan poco a poco su identidad.  No sabe matemáticas y me parece hasta sincera cuando sus boberías son aplaudidas por las miles de hordas que son para ella sus cuantos fans.
El cielo escurre a chorros en una posición de refresco embotellado, agitado por una nena que no tuvo precaución. Es Loulú, la mujer de Antor.
¡Ah el amor! Es una soberana pendejada para un par de perros tontos y feos. El amor como tabla de multiplicar. El desarrollo de todos los instintos solo para comprar una lavadora que se haga la mejor amiga de ella. Un auto, un hijo. Una carrera universitaria y un teléfono que en la marca traiga el status.
El mundo es un minino precioso, proyectemos mejor nuestra imagen. Con “pulcritud”. Como Loulú siempre dice. Le encanta esa palabra.
“El mundo es una hermosa hembra gatuna recostada en una ideal mesita al fondo de una estancia cómoda donde el polvo y la añoranza es el adorno justo y perfecto para nuestra visión. Junto a esa mesita hay un gran florero con rosas impecablemente cuidadas. Al lado de la gatita una azucarera lustrosamente  blanca que en sí  no contiene azúcar, porque Antor sabe qué hace mucho daño tanto dulce, y no quiere matar a su gatita. Jamás. Más al fondo casi fuera de foco de nuestra abnegada cámara se puede observar una ventanilla que da hacía el bosque, y mirando hacía dentro de la casa, el nuevo hombre aferrado a la imagen de Loulú, que da pena sea tan perfecta su fascinación”.
Aquel hombre se llama Meyer.
Después de haber observado esta soberbia placa multicolor, no nos asombremos si nuestros ojos se quedan acartonados como los de un muerto y nuestras ideas se diluyen. Al final de cuentas el mundo es un producto en un envase no retornable.

Parte II. Tres días extraños.



Merak.
Su cabeza entre sus piernas. Desnudo. Los ojos pintados de rojo, el olor a pies se le subía a la cabeza, su ano percibía el aire que se colaba por la ventana, humos inundaban su nariz. Lo único que lo despierta cuando la sal ya no le lastima las entrañas es un demonio que le sale por el ano.
Merak que temes a las agujas y a los alfileres y a las patas de araña. Alessandra guarda tus secretos. Los guardará porque la amenazaste cuando era una niña. Jamás la dejarías caer, pero ella nunca lo sabrá.
Merak mira algunos billetes sobre mi cama y su rostro toma un temple de extrañeza. La cama pulcra, bien tendida.
Tiene mi foto en su memoria de unos lastimeros mega bytes. Me llama “Alessandra”.
“Es hora de comer estrellas cielo mío”.
Traigo la mayonesa y el amor ya está puesto en la mesa. Merak está desnudo y nunca nos han simpatizado las escrupulosidades.  Me pide pimienta y yo al abrir la alacena me encuentro con el pan de caja. El cielo que vestía de blanco se ha nublado. El plomizo telón cae bajo la furia de Merak que descubrió mis sentimientos.
He ensuciado tanto mi alma que mi vestido precioso amarillo se ha tornado negro.
Merak me pregunta ¿tienes ojos para todas tus rosas rojas regaladas?
Es la hora de expirar. En todas las vidas nos gusta la lluvia, pero en este día, en esta vida, no merecemos  comprendernos.
-Puedes tocarme.
-Jamás toqué tu endeble corazón por mantenerte intacta. Y el asqueroso sol se ha reflejado en tus ojos. Huye como el perro de Dios ante una virgen. Escucho pasos en nuestro jardín, sea conveniente que sobre el pise él de la lengua de pan blanco que tanto alimenta tu alma y te aleja de mí.

Alessandra y Meyer.
Meyer huele tan bien siempre. Le gusta la naricita de Alessandra. Se recuesta en sus piernas cuando la droga con café y chocolates.
Meyer vive en una casa detrás de las colinas de colores urbanos. Es una casa extraña con estandartes en las paredes  y lábaros retratos cerca del sillón donde besa a Alessandra.


El primer día.

Surge de un ímpetu natural, Alessandra y Meyer se besan como amantes proclamados por el cielo. A Meyer le tiemblan las piernas, Alessandra le acaricia el rostro.


El segundo día.

“Por ti y por mí”. Que se consuma el amor.

Insidia.

Aprendiste a ser fuerte. Pero no tanto como yo.
Te mire a los ojos. Te hice una pregunta. Tú solo mentiste.
Mentías. Tu jeta te delataba.
El frio te comía los dientes.
Tus uñas infectadas de perfidia y con ellas me acaricias.
En síntesis, la canción dice que no dejemos de amarnos. Está en el sountrack de tu vida pero la lluvia otra vez ha abolido la melodía y los estruendos apagaron hasta las luces neón que ataviaban  el pulcro escenario donde me enamorabas.
-“Te pondré la vida”
- Meyer.
-Loulú.
Tu lengua es una rebanada de pan suave de caja.

El tal “Dios” aventó a un anciano al carril del metrobús. Y me abrazaste mucho tiempo porque esperamos muchos tiempos juntos. Tiempos para besarnos, tiempos para seducirnos, tiempos para entregarnos a la vileza del amor.
El mundo últimamente es un ladrón de almas cibernéticas. Me gritaste  en mis sueños ¡apresúrate, te rodearé con mis tenazas de sufrimiento, hasta que deje inertes tus sensaciones de placer!  Y te besaba con  cariño imperturbable en mi sexy dream. Después vi tus ojos inertes cual gigantes agazapados en una mierda de orgullo. Pero no hice caso.
Te  amo. ¿Qué debo hacer? Me amo más en ti.
No me veas con mis ojos pintados de azul. Déjame maquillarme de otra forma y hagamos como si nunca nos hubiéramos conocido.  Romance of dirty? El ombligo me duele y me recuerda lo hermosa que no soy, cuan mentiroso eres y la sal de tu baba que cuece mis entrañas cada que me mimas.
Estoy ahí sentada contigo con tu ardid que me cubre el frío, viajando por el nocturno contentamiento de nuestro hermoso emporio que tanto cortejo con palabras pulcras  que solo me muestran mi miedo por tu partida.
Los insectos que me diste a comer a la luz, cruel,  de las velas acortan la sensación de tener que abandonarte, de perderte.
Caminamos por las calles, 3 días abrazados.


El tercer día.


Continuar y transgredir.

-Sí, lo sé
-Y eres muy valiente al hacerlo.
-Los cobardes no aman ni serán respetados jamás.
No tienen nación.
-Los amo. ¿Qué debo hacer? Me amo mucho más en ellos.
La risa de los idiotas llena el cuarto de conmoción, donde se sirven vino dorado, que nos recuerda al sol conquistado en los atardeceres del otoño.
Me dirigí a una ventana, sé que soy mala sombra y todos ellos están enojados conmigo.
Un día me escaparé por esa ventana, pero mientras esperaré al amanecer para contemplar ante mí los millones de falos solares que iluminarán mis millones de pensamientos.
Merak me trae un vaso de agua y seguimos conversando.
-Tú encierro es sensual. Te aprovechas de tu debilidad pero te tengo rencor y mi rencor es un signo de mi debilidad.
-Algún día me escabulliré.
-La salida de emergencias está en una prescripción médica, pero no cabemos tú y yo por ella, sino al contrario, nos da la certeza cruel de estar atrapados en el mundo que existe detrás del papel.
-El amor todo lo pudre.
-Salte del lado viscoso y asqueroso de tus pensamientos.
-No quiero ni el cielo ni el infierno. Quiero mi antiguo corazón, hinchado y obscurecido. Solo quiero eso.
-Loulú, make me love.
-Por favor Merak, oríllame a la inutilidad mental, no me dejes en este estado.




Epilogo:

¿Quién aventó puñados de sal a mi herida?

Siento en el abdomen una reunión de demonios en mis días contados. 
Estoy sentada en el metrobús sola, es casi media noche y añoro mi hogar.
Dios se subió en la penúltima estación y sacó su pistolita de agua bendita y me apuntó al vientre. El ombligo me duele cada día más, Dios ríe y me da un beso en la mejilla, me limpio su baba viscosa y se salen mis lágrimas.  Me pide perdón y me regala una caja con paletas chupa chups que saben a chocolate y cereza.  Cuando ve que estoy saboreando una toma mi cabeza por la cabellera y jala hacía atrás, mete su pistolita en mi boca y dispara.
Yo me escurro, no puedo respirar, veo unas uñas clavadas en mis muslos, el dolor ha atravesado mis retinas. Dios se caga de risa y me grita ¡chupa mi verga! Tomo aire y lo miro. Dios se caga ahora de furia. Se enoja, sabe que le chuparía la verga mil veces mientras me meto los dedos en el coño.
Las luces blancas pegaban en mi cara de mil orgasmos olvidados por no poder nunca ocultarlos. Seré malvada por no entender las matemáticas que huelen a azufre, seré malvada por quien aventó puñados de sal en mi herida de recién nacida.
No aguanto y fumo. La ciudad no me da miedo, nadie camina como yo, soy una soberana altanera que viaja con una víbora luminosa como castigo por pecar.
Estoy dispuesta a renunciar a los recuerdos.
Estoy dispuesta a admitir que no tengo voluntad.
Me conferiré al vuelo nocturno y condenarme a depender de tu desprecio… Eres todo lo que odio. ¿Cómo evitaré pudrirme sin haber muerto?
Me siento inútil ¿a quién le escribo? ¿Por qué te escribo?
Algo me duele y no lo perdonaré.
Solo no me mires con tus ojos ambiguos que no tolero la actitud pusilánime de los amantes.
Daniello el cocodrilo me dice con su voz suave que pasará. Y no me gusta lo que me dice. Sobre su cabeza repta su consciencia y me pide que la sacuda porque sus patas son muy cortas.
“No olvidaré tu nombre, malvado en colores verdes y amarillos, toda tu pus se escapó. Él, Meyer, supondrá que me has infectado pero lloré por haber llorado y no eres mi amigo, eres la melancolía”.
Mis ojos son unos hijos de puta que no se pueden controlar y me delatan. Y le doy una laguna  de lágrimas a Daniello para que se sienta feliz.